Por: Francisco Marco-Serrano (K|P|K).
Hace unas semanas dedicábamos una entrada al empleo de métodos científicos al ámbito de la toma de decisiones en la empresa, específicamente, la investigación operativa. Uno de los comentarios recibidos, en una de las redes sociales en las que participamos, un profesional dedicado al ‘interim management‘ afirmaba que nunca utilizaría técnicas de última generación y poco probadas en el ámbito organizacional; según él, la mejor metodología que él podía utilizar era su propio ‘olfato‘.

Esta concepción de no necesitar apoyo externo está muy extendida, confiando no ya en nuestras propias capacidades sino en ese mágico toque que nos hace ser infalibles…; o al menos eso es lo que creemos. Esta alusión al olfato no es más que lo que generalmente entendemos como ‘intuición’; sin embargo, erroneamente se suele atribuir a un don natural que las personas de éxito empresarial suelen ejercer. Más allá de la realidad, la intuición no es sino fruto de la experiencia, el conocimiento, y las propias habilidades del individuo, existiendo un mecanismo mental que, al igual que cuando dos nubes cargadas eléctricamente ‘chocan’ y descargan su energía en forma de rayo (y trueno), en el proceso de toma de decisiones surge como una solución fruto de la ‘intuición’. No nos equivoquemos, no somos intuitivos ‘de serie’, lo somos gracias a nuestro entorno y nuestras vivencias, nuestros conocimientos, y nuestra capacidad de asimilación sensorial (sí, sí, el olfato también). Cuanto mayor sea nuestra experiencia mayor será la probabilidad de que la chispa de la intuición salte; sin embargo, un exceso de experiencia puede ser contraproducente, dado que nunca existen dos situaciones iguales al 100%. De ahí que para mejorar nuestra capacidad intuitiva debemos establecer nuestros programas personales de formación continua, siguiendo la función INTUICIÓN = f(EXPERIENCIA, CONOCIMIENTOS).
¿Y las técnicas de toma de decisiones?: vienen a añadir racionalidad al proceso. Seamos intuitivos, pero tomemos aunque sea dos segundos de reflexión, ayudados por dichos procesos que aportaran una información que mejorará con seguridad el resultado de la decisión final. Luego, reformulando nuestra ecuación: DECISIÓN = f(EXPERIENCIA, CONOCIMIENTOS) + g(REFLEXIÓN). No sólo ‘olfato’, ¡como podeis apreciar!.
.
Por cierto, permitirme antes de terminar, y a modo de epílogo, defender la ciencia de la investigación operativa, noble grupo de técnicas que viene siendo utilizado extensivamente desde la II Guerra Mundial, con éxito, y en todo tipo de organizaciones. Tal vez lo de ‘última generación’ tenga que ver con un estado mental asociado a procesos intuitivos sin reflexión. No caigamos en las trampas que nuestro propio cerébro nos planta.
Entradas relacionadas:
Tweet This Post
Delicious
Facebook
MySpace